martes, 19 de agosto de 2014

Jazmín

Milton vive solo en un departamento de tres ambientes en el barrio de Caballito. Desde que salió del trabajo, ya caída la noche, piensa únicamente en llegar rápido a su casa, servirse una buena copa de vino, y escuchar a Spinetta en el equipo de música.  Le picaron ganas especialmente de Spinetta y los Socios del Desierto. Siempre le encantó un tema en particular de su primer álbum: Jazmín.
No pasó ni un segundo que ni bien iniciada la canción, ingresa al departamento una joven desconocida. La muchacha se aproxima lenta pero decididamente hacia Milton y lo abraza con peculiar suavidad. Atónito y sin reacción al principio, y a pesar de no saber ni quién es ni cómo entró, deja llevarse por la situación y, con algo de vergüenza, la rodea también con sus brazos. El lento ritmo de la melodía acompaña tan tiernamente la situación que el abrazo comienza a mecerse casi por si sólo. Milton examina delicadamente con la mirada el desconocido rostro que tiene ante sus ojos. Por sobre otros rasgos, distingue una leve cicatriz por debajo de su ojo izquierdo. Quizás, la imperfección más hermosa que jamás haya visto. Ella ahora apoya su cabeza en su hombro y le susurra el estribillo al oído (acompaña con unos mimitos en la espalda). Su voz y la del Flaco se entremezclan en un vaivén sonoro, a punto tal que cuesta distinguir una voz de la otra. ¡Y qué fácil fue para él amoldarse en el abrigo de ese suave estrujón! Es que ese abrazo lo dio mil veces. Y esas caricias las recibió otras mil veces. Y esos cabellos lacios y castaños los sintió sobre su pecho otras mil veces también. O por lo menos eso siente, que al fin y al cabo, es lo que importa.

Finalizada la canción, la desconocida muchacha lo suelta inmediatamente. Lejos de hacerlo bruscamente, simplemente retira sus brazos hacia su cuerpo y toma unos centímetros de distancia. Milton apaga la música. La escena duró lo que la melodía duró. El silencio es extraño, pero nada tenso. Con la misma delicadeza que caracterizó el abrazo que ambos se dieron, ella besa la frente de Milton, da media vuelta y se retira por la puerta de entrada. No hubo, ni para él ni para la muchacha, necesidad de diálogo alguno. Pero Milton hubiese deseado que la canción durase diez, veinticinco, o hasta cien minutos más. Se dio pena a sí mismo pensando ingenuamente en volver a reproducir la canción para ver si regresaba. Es que ¿qué importaba saber cómo entró a su casa, o por qué vino? ¿Qué importaba saber si tenía una copia de su llave o el don de atravesar puertas? ¿Qué importaba saber si él estaba loco y sumergido en la incoherencia, o si la lunática que abraza desconocidos era la joven? ¿Qué importaba saber si ella era real, o un invento producto del alcohol? ¿Y qué importaba saber si Jazmín era la canción o era ella, o ninguna de las dos? A Milton le importa un carajo. Le importa un carajo porque está sólo. Y no puede encontrarle sabor ni al vino de doscientos cincuenta pesos que se está tomando. Ni al vino, ni a nada. Y es que comprendió, más que nunca antes, que caído de un amor, nunca encontrarás luces donde mirar, ni piel donde morir.

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