Camino
por la Avenida
9 de Julio, transpirado, con apuro hecho desgastante malhumor, cuando, y en un
acto carente de vacilaciones, mi andar es interpelado por un extrañísimo sujeto
(paréntesis: el empleo de la denominación “sujeto” podría ser, ciertamente,
fruto de mi propia ignorancia intelectual). De rasgos violentos y oscura
exterioridad, se coloca frente a mí y comienza a entablar una “comunicación” en
un lenguaje prepotente y veloz, pero, sobre todo, incomprensible. La
sobrenaturalidad de la situación no puede más que generarme súbitos
sentimientos de temor y desconcierto (ambos, absolutos).
Trato
de alguna manera de retomar mi caminata hacia la empresa, lógicamente a un
ritmo más (mucho más) ligero al anterior. La criatura insiste en su
in-entendible cometido. Sigue mis pasos uno tras otro, mientras continúa
dirigiéndose hacia mi persona a través de su anárquica e infrahumana lengua (la
cual, habrán percibido, he de no comprender todavía). Casi gritando producto de
los nervios, le digo que no logro entenderlo. Luego, le sugiero -por no decir
que le ruego- que me deje en paz. Pienso en correr. Pienso en clamar por
auxilio. El miedo a una reacción adversa me convence momentáneamente de no
optar por esas alternativas.
Van
ya, casi cuadra y media de incesante acoso, cuando mi desesperación y mi temor
se funden en desesperación e ira. Quiero asesinarlo. Quiero que realmente
muera. Acaso qué importa su desaparición física, ¡si quizás ni siquiera es de
este planeta! ¡Si ni siquiera sé qué o quién es! No tolero, ni pienso seguir
tolerando su maldita y agobiante presencia. Y en la vorágine de ésta rabia
criminal, empujo al monstruo al suelo, y descargo contra “él” patadas; pero
sobre todo insultos: hijo de puta, bicho de mierda, sorete, lacra maloliente,
no puedo detenerme. El cúmulo de agravios verbales no tiene ni pausa ni tampoco
fin. Siento que lo odié no menos que toda mi vida. Que acaso toda esta furia
enjaulada aguardaba en ansiedad por su liberación, su destierro, su ebullición
ilimitada, su sin-fronteras.
Pero
rápidamente, el engendro logra levantarse, para luego huir corriendo. En su
retirada me escupe (si, escupir es acaso el verbo más atinado para referir a su
lingüística) nuevamente palabras y oraciones cuyo significado yerro en captar.
La tortura ha finalizado. Quién o, mejor, qué era esa cosa ya no me importa. Y
en cuanto a mi reacción, ni en vergüenza ni en arrepentimientos me contraigo.
Para nada en absoluto. Era necesario defender mis libertades, mis derechos.
Me
llama la atención, por cierto, la nula intervención de otros espectadores en la
avenida que, con mayor o menor detenimiento, supongo habrán observado la más
que extraña escena.
Exaltado,
aunque ya más sereno, emprendo nuevamente el trayecto restante hacia mi trabajo. Casi llegando a la esquina,
percibo un humilde puesto de garrapiñadas. Su único empleado (y probablemente
el dueño del puesto) me ensarta una recta y casi hiriente mirada (quizás ya la
mantenía hace rato. Naturalmente, eso no puedo saberlo) Al pasar por su
costado, el hombre se dirige hacia mí, y en un tono más que elevado, sentencia:
-Se
llama Walter, y sólo te estaba pidiendo una moneda, imbécil.