domingo, 1 de febrero de 2015

Civilización es barbarie

Camino por la Avenida 9 de Julio, transpirado, con apuro hecho desgastante malhumor, cuando, y en un acto carente de vacilaciones, mi andar es interpelado por un extrañísimo sujeto (paréntesis: el empleo de la denominación “sujeto” podría ser, ciertamente, fruto de mi propia ignorancia intelectual). De rasgos violentos y oscura exterioridad, se coloca frente a mí y comienza a entablar una “comunicación” en un lenguaje prepotente y veloz, pero, sobre todo, incomprensible. La sobrenaturalidad de la situación no puede más que generarme súbitos sentimientos de temor y desconcierto (ambos, absolutos).
Trato de alguna manera de retomar mi caminata hacia la empresa, lógicamente a un ritmo más (mucho más) ligero al anterior. La criatura insiste en su in-entendible cometido. Sigue mis pasos uno tras otro, mientras continúa dirigiéndose hacia mi persona a través de su anárquica e infrahumana lengua (la cual, habrán percibido, he de no comprender todavía). Casi gritando producto de los nervios, le digo que no logro entenderlo. Luego, le sugiero -por no decir que le ruego- que me deje en paz. Pienso en correr. Pienso en clamar por auxilio. El miedo a una reacción adversa me convence momentáneamente de no optar por esas alternativas.
Van ya, casi cuadra y media de incesante acoso, cuando mi desesperación y mi temor se funden en desesperación e ira. Quiero asesinarlo. Quiero que realmente muera. Acaso qué importa su desaparición física, ¡si quizás ni siquiera es de este planeta! ¡Si ni siquiera sé qué o quién es! No tolero, ni pienso seguir tolerando su maldita y agobiante presencia. Y en la vorágine de ésta rabia criminal, empujo al monstruo al suelo, y descargo contra “él” patadas; pero sobre todo insultos: hijo de puta, bicho de mierda, sorete, lacra maloliente, no puedo detenerme. El cúmulo de agravios verbales no tiene ni pausa ni tampoco fin. Siento que lo odié no menos que toda mi vida. Que acaso toda esta furia enjaulada aguardaba en ansiedad por su liberación, su destierro, su ebullición ilimitada, su sin-fronteras.
Pero rápidamente, el engendro logra levantarse, para luego huir corriendo. En su retirada me escupe (si, escupir es acaso el verbo más atinado para referir a su lingüística) nuevamente palabras y oraciones cuyo significado yerro en captar. La tortura ha finalizado. Quién o, mejor, qué era esa cosa ya no me importa. Y en cuanto a mi reacción, ni en vergüenza ni en arrepentimientos me contraigo. Para nada en absoluto. Era necesario defender mis libertades, mis derechos.
Me llama la atención, por cierto, la nula intervención de otros espectadores en la avenida que, con mayor o menor detenimiento, supongo habrán observado la más que extraña escena.
Exaltado, aunque ya más sereno, emprendo nuevamente el trayecto restante  hacia mi trabajo. Casi llegando a la esquina, percibo un humilde puesto de garrapiñadas. Su único empleado (y probablemente el dueño del puesto) me ensarta una recta y casi hiriente mirada (quizás ya la mantenía hace rato. Naturalmente, eso no puedo saberlo) Al pasar por su costado, el hombre se dirige hacia mí, y en un tono más que elevado, sentencia:

-Se llama Walter, y sólo te estaba pidiendo una moneda, imbécil.

martes, 19 de agosto de 2014

Jazmín

Milton vive solo en un departamento de tres ambientes en el barrio de Caballito. Desde que salió del trabajo, ya caída la noche, piensa únicamente en llegar rápido a su casa, servirse una buena copa de vino, y escuchar a Spinetta en el equipo de música.  Le picaron ganas especialmente de Spinetta y los Socios del Desierto. Siempre le encantó un tema en particular de su primer álbum: Jazmín.
No pasó ni un segundo que ni bien iniciada la canción, ingresa al departamento una joven desconocida. La muchacha se aproxima lenta pero decididamente hacia Milton y lo abraza con peculiar suavidad. Atónito y sin reacción al principio, y a pesar de no saber ni quién es ni cómo entró, deja llevarse por la situación y, con algo de vergüenza, la rodea también con sus brazos. El lento ritmo de la melodía acompaña tan tiernamente la situación que el abrazo comienza a mecerse casi por si sólo. Milton examina delicadamente con la mirada el desconocido rostro que tiene ante sus ojos. Por sobre otros rasgos, distingue una leve cicatriz por debajo de su ojo izquierdo. Quizás, la imperfección más hermosa que jamás haya visto. Ella ahora apoya su cabeza en su hombro y le susurra el estribillo al oído (acompaña con unos mimitos en la espalda). Su voz y la del Flaco se entremezclan en un vaivén sonoro, a punto tal que cuesta distinguir una voz de la otra. ¡Y qué fácil fue para él amoldarse en el abrigo de ese suave estrujón! Es que ese abrazo lo dio mil veces. Y esas caricias las recibió otras mil veces. Y esos cabellos lacios y castaños los sintió sobre su pecho otras mil veces también. O por lo menos eso siente, que al fin y al cabo, es lo que importa.

Finalizada la canción, la desconocida muchacha lo suelta inmediatamente. Lejos de hacerlo bruscamente, simplemente retira sus brazos hacia su cuerpo y toma unos centímetros de distancia. Milton apaga la música. La escena duró lo que la melodía duró. El silencio es extraño, pero nada tenso. Con la misma delicadeza que caracterizó el abrazo que ambos se dieron, ella besa la frente de Milton, da media vuelta y se retira por la puerta de entrada. No hubo, ni para él ni para la muchacha, necesidad de diálogo alguno. Pero Milton hubiese deseado que la canción durase diez, veinticinco, o hasta cien minutos más. Se dio pena a sí mismo pensando ingenuamente en volver a reproducir la canción para ver si regresaba. Es que ¿qué importaba saber cómo entró a su casa, o por qué vino? ¿Qué importaba saber si tenía una copia de su llave o el don de atravesar puertas? ¿Qué importaba saber si él estaba loco y sumergido en la incoherencia, o si la lunática que abraza desconocidos era la joven? ¿Qué importaba saber si ella era real, o un invento producto del alcohol? ¿Y qué importaba saber si Jazmín era la canción o era ella, o ninguna de las dos? A Milton le importa un carajo. Le importa un carajo porque está sólo. Y no puede encontrarle sabor ni al vino de doscientos cincuenta pesos que se está tomando. Ni al vino, ni a nada. Y es que comprendió, más que nunca antes, que caído de un amor, nunca encontrarás luces donde mirar, ni piel donde morir.

De Gardel a Pasteur

Rondan las 15:00 horas cuando el joven de camisa a cuadros ingresa al tren del Subte B, estación Carlos Gardel. Toma asiento. De su lado izquierdo, un hombre calvo de traje gris con una excesiva  y estrepitosa concentración en su celular. Del derecho, un niño de no más de 5 años que pareciera no conocer ninguna otra estrofa de la canción que canta reiteradas veces. Frente a él, sentada desde hace rato, una joven de auriculares Sony y anteojos grandes, negros y cuadrados. Escucha atentamente You Don`t Know Me de Ray Charles, moviendo tiernamente su dedo anular sobre su muslo al compás de la canción. El volumen, lo suficientemente alto como para abstraerse de todos los sonidos a su alrededor.

Ella piensa en sus problemas para dormir, en cuánto le gustaría un licuado de banana y durazno (con mucho hielo), en la hipocresía del sistema de salud regido (en parte) por obras sociales, en la incapacidad para escuchar a otro que nuevamente demostró su hermana esta mañana en el desayuno, y en la urgente necesidad de comprar un cuadro -o algo parecido- para las aburridas paredes de su cuarto. Él, en el desagradable autoritarismo que siempre tuvo y conserva su madre, en las profundas ganas de asesinar al niño a su costado, en lo cómico que le resulta ver las muecas de las personas cuando el sol impacta de frente en sus caras, y en lo horrible, realmente horrible, que es el perro de su vecino Hugo. Casi de reojo, y algo disimulado, se miran mutuamente. Un cruce de miradas opaco, fugaz. Solo alguien poseedor de inhumanas capacidades de observación pudo haberlo notado.  “Estación Pueyrredón, combinación con Línea H”, se oye por el altavoz. El joven de camisa a cuadros, segundos después al anuncio, se levanta, le dirige una sonrisa a la muchacha, y baja del tren. Sonrisa sencilla (pero honesta), no costó más que un par de leves y ténues movimientos de sus músculos faciales. La misma no es devuelta. Ella, ahora observa el suelo sin mirarlo realmente. Claro está -o por lo menos parece estarlo- que éste no es más que una excusa para fijar la vista y ordenar alguna que otra idea. La joven de auriculares Sony y anteojos grandes, negros y cuadrados ahora sí sonríe, un poquito al menos. Levanta la mirada, desprende su cuerpo del asiento y  baja del subte en la estación siguiente, Pasteur. You Don`t Know me, de Ray Charles, ya había dejado de sonar.

Musiquita

Baila.
Para ti, para mí, para ellos, ellas.
Baila, atrevida, despintada.
Baila, silenciosa, descalza, baila coqueteando.
Baila. Baila a los gritos, ¡a los desgarros!
Baila, para muecas, para lágrimas, para desórdenes y pánicos.
Baila fresca, sofisticada
Baila enredada.
Baila asimétrica.
Baila sin fin.
Y la danza es siempre la misma.
La dicha, también.

(Des)Encuentros

-Click-
Se encienden las luces del baño, y Juan entra al mismo. Su cara está bañada en sudor, sobre todo su frente. Todos sus gestos y matices corporales muestran notorio cansancio y desgaste físico: movimientos lentos y toscos, respiración agitada, resoplidos constantes. Probablemente vuelva de correr, como creo suele hacer varias veces a la semana. Se acerca al lavabo, vierte un poco de jabón líquido en una de sus manos y comienza a enjuagarlas. Repite la acción para lavar su rostro. Con la torpeza que lo caracteriza, derrama gran cantidad de agua sobre el pecho de su buzo y también sobre el suelo. Se seca rápidamente con la toalla, abre la canilla de la ducha y se retira.
De todos los espejos de la casa, siempre fue éste mi preferido. Cubre casi la totalidad de una de las paredes del baño, por lo cual, mi vista de la habitación es amplia, completa. A excepción de la ducha; es lo único que no está al alcance de mis ojos. Al parecer, noté,  pocas veces se baña con agua caliente. No he visto ni la más mínima partícula de vapor en sus momentos de aseo. O por lo menos no lo recuerdo.  
Juan vuelve a ingresar al baño ya sin el buzo puesto. Producto de la transpiración, tiene su remera casi totalmente adherida al cuerpo. Con ansiedad, comienza a desvestirse en el mismo orden habitual; primero el calzado, luego las medias, el pantalón, los calzoncillos y finalmente la musculosa. Ahora, inicia la más que breve caminata hacia la ducha. El hecho es que ésta jamás se completa. Tras dar el primer paso, Juan resbala y cae al suelo. Golpea su cadera contra el suelo y luego, con una mínima diferencia de segundos entre golpe y golpe, su pómulo izquierdo contra uno de los bordes del inodoro. El grito de dolor  casi corta en mil pedazos el aire, si es que no cortó alguna que otra cosa.  Automáticamente se disparan de su boca  insultos, injurias  de todo tipo y forma.
Con dolor, trata lentamente de recomponerse. Desde el suelo, rota su cabeza hacia el espejo. Y desde ese instante, su cara es títere del pánico.  La palidez de su piel, como si en su cuerpo ya no hubiese rastro alguno de sangre. Y sus ojos, ¡sus ojos!, petrificados y abiertos más allá de cualquier grado posible de apertura ocular. Imposible no sentir que su mirada tajea violentamente el cristal.  –Debe estar muy sorprendido por el moretón en su pómulo izquierdo- pienso (ingenuamente).  Y he aquí, donde doy cuenta de cuánto he demorado en comprender la gravedad de lo ocurrido. No sólo de cuánto he demorado, sino de precisamente qué es lo que está sucediendo. El conflicto distancia de pasar por su gran moretón en la cara, o por su agudo dolor en la cadera, ¡y menos que menos por el agua que ya casi empieza a desbordar de la bañera! El problema es que yo no me caí. La realidad me abofetea, me toma con sus brazos y sacude mi cuerpo “¡Imbécil, estuviste todo el tiempo parado!” sé que me dice. Es que simplemente observé, como con total y simple naturalidad. No reflejé sus movimientos, ni su caída, tampoco ninguno de sus golpes. Ni siquiera sus insultos. ¡No cumplí con mi función! Violé todo mandamiento existente al respecto. ¿Con qué atrevimiento puede alguien ahora presentarse y sostener, defender, equilibrar la barrera entre lo vivo y lo no-vivo? ¿Con qué desfachatez pueden irrumpir en escena aquellas coronadas leyes de la física a explicar lo acontecido?
Juan, en el suelo. Su idiota reflejo en el espejo, de pie. Resulta imposible pensar por qué lo hice. Y es que cómo pensarlo cuando pánico también toma control de mi cuerpo. El aire se sobrecarga de tensión (sensación que jamás sentí en mi vida). Ingresa como intruso por mi nariz, dirigiéndose rápidamente a cada rincón de mi cuerpo (por más escondido o diminuto que éste sea). Un aire que, lejos de de mantenerse fiel a su estado gaseoso, pesa. Más bien, inmoviliza. Impide todo tipo de conexión entre mis órganos, como si éstos tuviesen fobia al movimiento. Ambos nos encontramos aterrados, atónitos. Nuestros ojos se fijan mutuamente, casi de la misma manera diría. No porque yo esté reflejándolo (como debería hacer), sino porque, de alguna forma, supongo que ambos sentimos lo mismo.
Sin saber cómo, rompo con está desagradable sensación, refriego mi cara con mis manos, tomo una gran bocanada de aire y la expulso con fuerza. Le quito la vista de encima por un momento. Trato de ordenar mínimamente las ideas y sensaciones que se agitan rebeldes en mí. Tarea nada sencilla, por supuesto. Vuelvo a dirigirle la mirada. Instantáneamente, él despide un grito fuerte y seco y echa su torso desnudo hacia atrás. Queda sentado con las piernas abiertas, y su cuerpo pegado contra la pared, (temblando hasta por los poros). Desde mi lado, también me siento en el suelo. Junto mis rodillas, las rodeo y sostengo con firmeza con mis brazos. Vaya a saber uno qué fuerzas juntaron mis labios para que, y probablemente sin consentimiento del cerebro, larguen de forma torpe y tartamuda un simple:
-Ho-hola, Juan. 

Amarillo

Y así fue que, finalmente llegó ese día en que todos nos levantamos -amarillos-. El color de nuestra piel y nuestros labios es amarillo, cuándo no el de nuestros oídos, pupilas y variadas lenguas, nuestros lunares, uñas, senos y barbas. El pelaje de nuestras mascotas es amarillo, como nuestra comida, como el agua que brota de la canilla, como el tinte de nuestros sueños. Observamos nuestros televisores, vemos nuestros programas y nuestros periodistas, amarillos. La mesita ratona, el sillón, los cuadros, las fotos, la alfombra. Las servilletas, los cubiertos, el café y los stickers de la heladera. Los automóviles, el pavimento, los árboles, las escuelas. Los bancos, las paradas de colectivo. Los zapatos de los hombres y los tacos de las mujeres. Los carteles de publicidad, los postes de luz, los guardapolvos de los niños, los tachos de basura. Ninguna percepción visual (la denominación “percepción”, comúnmente utilizada en la teoría del color ya podría ser puesta en cuestión dado los acontecimientos descritos) escapa a la radiante homogeneidad y simetría del virulento rubio.
Aquellos medios de comunicación manifestaron en un comunicado abierto: -“Ante la envergadura de los hechos sucedidos recientemente en la ciudad y, ante cualquier tipo de posible acusación hacia nuestra parte, manifestamos, sostenemos y denunciamos, con total y sana convicción, la incredibilidad e inexistencia de cualquier implicancia o vinculación de nuestro trabajo periodístico con la creciente expansión del color amarillo; defendiendo así, la libertad, el respeto, y la independencia de color de nuestra labor periodística”-.
No tardó en llegar la ansiada conferencia de prensa del Gobernador de la Ciudad de Buenos Aires donde, vestido de saco y corbata cuasi-dorado, sintetizó: -“Bajo mi consideración, y de esto no me cabe la menor duda, este es un claro reflejo del amor de nuestro pueblo por los canarios: un animal bello y noble, pero por sobre todas las cosas, porteño”- Dentro del arco político, fueron variadas las declaraciones. Patricia Kullrich, líder del Partido Revolucionario Argentino (PRA) manifestó: “Los Beatles tenían razón y nos lo advirtieron con Yellow Submarine, el mundo es un gran submarino amarillo”. Partidos de izquierda, por su parte, sintetizaron en un comunicado a la sociedad: “El imperialismo avanza en la ciudad. Tal es la necesidad del capitalismo salvaje por sostener un sistema de dominación y explotación del hombre con el hombre que ahora, busca homogenizar nuestra vida bajo un mismo tinte para eliminar definitivamente nuestra conciencia de clase. ¡No lo logrará frente al sindicalismo combativo! Y como bien dijo Lenin: “Al neocapitalismo gualdo mayonesa, le proseguirá históricamente la revolución roja y socialista”.
En el ámbito académico, las explicaciones fueron disímiles. Cientistas sociales convocados a investigar la causa concluyeron por su parte: “En base a estudios cuantitativos realizados recientemente, podríamos confirmar una causal y determinante conexión entre expansión del fenómeno amarillo y la fuerte llegada de inmigración de raíz oriental a nuestro país en los últimos 10 o 15 años, población de un fuerte y posiblemente contagioso color de piel amarillento”. Prestigiosos economistas y entidades financieras prácticamente coincidieron en su análisis: “La constante caída mensual del valor precio/unidad de los materiales escolares, especialmente de los resaltadores de color amarillo fosforescente, sumado a cierto exponencial crecimiento de la capacidad adquisitiva de la población urbana constituyen, en combinación, la raíz de lo acontecido. Es un claro proceso de amarillización monetaria. No se descarta, dada la inestabilidad del tipo de cambio argentino, la formación del Yellow Dolar
Prestigiosos directores del cine nacional, se sumaron a la iniciativa y anunciaron en conjunto la conformación de un proyecto cinematográfico. Juan José Nella de la Campa sintetizó “Hemos congeniado en este proyecto de film que promete muchísimo. Estamos muy entusiasmados. “Buenos Aires, la yema radiante y jugosa del huevo frito” definitivamente será un éxito”
En un acto de honestidad, el embajador de los Estados unidos en el país declaró: “El amarillo no es de mi mayor agrado, pero es mejor que el negro. Mucho mejor que el negro. Cualquier cosa es mejor que el negro, el negro me da náuseas. Si, creo que el negro no debería existir”.


Ciudad Prisas

Tarde gris. No sabemos si más, menos o igual de grisácea que tantas otras tardes pero, al fin y al cabo, está repleta de nubes. Nos encontramos en la ciudad de Prisas. Más precisamente en la pequeña plaza Martin J. Brown (ubicada en la zona céntrica de la metrópolis), donde unos cuantos árboles, algunos bancos y hamacas, y unos niños jugando con una pelota tratan humildemente de enriquecerla visualmente. A sus alrededores, un estudio jurídico de aparente prestigio, un viejo y pequeño taller mecánico y un kiosco en una de las esquinas (donde un par de niñas deciden qué golosina pedirle a su madre que les compre)
Bien, ahora concentrémonos en la llegada del joven Señor W. Si, digámosle W. El  Señor W viste un impecable traje negro Saint Laurent, camisa blanca por debajo, pantalones de seda también negros y zapatos Charles Jourdan particularmente brillosos, quizás hasta recién lustrados. Toda su vestimenta sienta de manera perfecta con su esbelta figura. Camina cabizbajo, hasta que su emergente necesidad de encontrar asiento lo incita a levantar la mirada en busca de alguno en el que pueda descansar su cuerpo. Ve uno libre dentro de la rotonda frente al monumento. Se acerca y toma asiento. -… ¡Porque no hay, ni jamás habrá, poder alguno que pueda quebrantar los muros de la voz, la memoria y la voluntad activa de un pueblo! - figura inscripto en una placa debajo de la estatua del homenajeado, con una letra algo desgastada sea por la vejez o, quizás por el mal cuidado. No lo sabemos, el motivo es tan incierto como prescindible para nosotros. El microclima auditivo, hostil: bocinas de automóviles formando disonantes orquestas, gritos e insultos entre conductores, ruidos de zapatos y tacos de personas corriendo, chocándose entre sí para llegar a tomar sus colectivos, ruido de palas, martillos y caños de obras de construcción aledañas. Ambiente poco deseable para cualquier oído (y menos que menos para aquellos sensibles). Pero no parece importarle a W. Su rostro es la nada misma. No hay expresiones, tampoco parpadeos. No gesticula, ¡no mueve ni un solo músculo! Parece como si en su cuerpo tuviese un botón de -piloto automático- y éste hubiese sido oprimido. Simplemente está allí, sentado, con los pies rectos y las palmas de sus manos apoyadas sobre sus muslos, mirando fijamente hacia delante. Aunque, ¿qué observa? ¿Acaso por lo menos piensa en algo? ¿Respirará? ¿Será algo de todos los días? ¿O será la primera vez que se encuentra en este estado? ¿Estará enfermo? ¿Estará esperando algo? No lo sabemos. Y es en el momento en el que buscamos alguna explicación que fundamente tal curioso estado de petrificación cuando notamos un leve temblor en sus manos. Y como si su corazón se hubiese acordado de dirigir nuevamente el tránsito sanguíneo, W vuelve a moverse lentamente. Parpadea unas cuantas veces, para luego estirarse, levantar la cabeza y exhalar un suave pero largo suspiro, mientras se deja caer en el banco. Permanece así unos cuantos minutos. Observa el cielo. Mira todos sus rincones, todos sus puntos, como queriendo saber hasta dónde llega ese gigantesco monstruo gris que cubre con involuntaria perversidad todo el perímetro de la pequeña ciudad. Vuelve a enderezarse. Toma una postura más normal, podríamos decir. Introduce su mano dentro de uno de los bolsillos del traje y saca una bolsa. Dentro de ella, un arma. A simple vista parece una 9 mm. Por su antigüedad suponemos que seguramente sea de algún familiar cercano (creemos saber de algún abuelo suyo perteneciente a las fuerzas policiales, allá por la década del ‘30 o ‘40). La revisa detenidamente. Se la pasa de una mano a otra, haciéndola girar sutilmente. Juega un poco con ella. Quita el cartucho, contiene una sola bala dentro. Vuelve a ponerlo y quita el seguro con algo de dificultad, probablemente producto de la inexperiencia. Ahora, se encuentra de pie. Levanta la frente en alto y suelta sus brazos con suma naturalidad. W sonríe. Una sonrisa con la boca cerrada, sin lucir los dientes. Pero profunda, y también sarcástica. Si, estamos seguros de que sonríe con sarcasmo, aún sin poder fundamentar el por qué de nuestra afirmación. Suspira nuevamente. Éste último suspiro, más corto y seco que el anterior. Como en cámara lenta, eleva la mano que sostiene el revólver y lo coloca en su sien. Su sonrisa permanece intacta, inamovible. Más que nunca apreciamos la pureza de tal maravillosa mueca. Pensamos que quizás vuelva esa extraña parálisis, pero no. Después de unos cuantos segundos (de esos similares a años) y como si fuese parte intrínseca del acto más rutinario y natural del mundo, su dedo índice aprieta sin miedo el gatillo. El disparo congeló el ambiente. El ruido de la explosión fue padre de todos los otros ruidos, que se hicieron minúsculos, ínfimos, al borde de convertirse en triste silencio.
El joven Señor W ahora yace en el suelo de la rotonda. Desde su cabeza, va expandiéndose un espeso charco de aceite negro. Cientos y cientos de tuercas, engranajes, tornillos, cilindros, resortes y demás elementos metálicos salieron disparados de su cráneo, dispersándose a su alrededor. A un costado, no muy lejos de su cuerpo, un aparato rectangular con una aparente función de reloj/cronómetro que marca con grandes números rojos una cantidad de horas, minutos y segundos que van consumándose. Aunque lentamente va muriendo su luz.
Pese a lo acontecido, poco demoró en retornar aquel clima de bocinas chirriantes, hombres martillando, y gente chocándose mutuamente en las veredas, como si todo hubiese sido invisible a los ojos de la masa urbana circundante. Uno de los jóvenes del taller mecánico de enfrente, se acerca al cuerpo del Señor W. Examina detenida pero rápidamente el suelo, y eficazmente selecciona una serie de elementos que probablemente le fuesen útiles para su trabajo. Hacia un costado, en el banco más próximo al de W, se encontraban sentadas dos ancianas. Habían presenciado de comienzo a fin el acontecimiento, sin que una sola palabra emane de sus arrugadas bocas. Una de ellas, quitando la vista del cuerpo y mirando hacia su compañera, rompe el silencio y, algo indignada, le comenta:
-¡Ja, tan joven y ya se cansó de trabajar!