martes, 19 de agosto de 2014

Ciudad Prisas

Tarde gris. No sabemos si más, menos o igual de grisácea que tantas otras tardes pero, al fin y al cabo, está repleta de nubes. Nos encontramos en la ciudad de Prisas. Más precisamente en la pequeña plaza Martin J. Brown (ubicada en la zona céntrica de la metrópolis), donde unos cuantos árboles, algunos bancos y hamacas, y unos niños jugando con una pelota tratan humildemente de enriquecerla visualmente. A sus alrededores, un estudio jurídico de aparente prestigio, un viejo y pequeño taller mecánico y un kiosco en una de las esquinas (donde un par de niñas deciden qué golosina pedirle a su madre que les compre)
Bien, ahora concentrémonos en la llegada del joven Señor W. Si, digámosle W. El  Señor W viste un impecable traje negro Saint Laurent, camisa blanca por debajo, pantalones de seda también negros y zapatos Charles Jourdan particularmente brillosos, quizás hasta recién lustrados. Toda su vestimenta sienta de manera perfecta con su esbelta figura. Camina cabizbajo, hasta que su emergente necesidad de encontrar asiento lo incita a levantar la mirada en busca de alguno en el que pueda descansar su cuerpo. Ve uno libre dentro de la rotonda frente al monumento. Se acerca y toma asiento. -… ¡Porque no hay, ni jamás habrá, poder alguno que pueda quebrantar los muros de la voz, la memoria y la voluntad activa de un pueblo! - figura inscripto en una placa debajo de la estatua del homenajeado, con una letra algo desgastada sea por la vejez o, quizás por el mal cuidado. No lo sabemos, el motivo es tan incierto como prescindible para nosotros. El microclima auditivo, hostil: bocinas de automóviles formando disonantes orquestas, gritos e insultos entre conductores, ruidos de zapatos y tacos de personas corriendo, chocándose entre sí para llegar a tomar sus colectivos, ruido de palas, martillos y caños de obras de construcción aledañas. Ambiente poco deseable para cualquier oído (y menos que menos para aquellos sensibles). Pero no parece importarle a W. Su rostro es la nada misma. No hay expresiones, tampoco parpadeos. No gesticula, ¡no mueve ni un solo músculo! Parece como si en su cuerpo tuviese un botón de -piloto automático- y éste hubiese sido oprimido. Simplemente está allí, sentado, con los pies rectos y las palmas de sus manos apoyadas sobre sus muslos, mirando fijamente hacia delante. Aunque, ¿qué observa? ¿Acaso por lo menos piensa en algo? ¿Respirará? ¿Será algo de todos los días? ¿O será la primera vez que se encuentra en este estado? ¿Estará enfermo? ¿Estará esperando algo? No lo sabemos. Y es en el momento en el que buscamos alguna explicación que fundamente tal curioso estado de petrificación cuando notamos un leve temblor en sus manos. Y como si su corazón se hubiese acordado de dirigir nuevamente el tránsito sanguíneo, W vuelve a moverse lentamente. Parpadea unas cuantas veces, para luego estirarse, levantar la cabeza y exhalar un suave pero largo suspiro, mientras se deja caer en el banco. Permanece así unos cuantos minutos. Observa el cielo. Mira todos sus rincones, todos sus puntos, como queriendo saber hasta dónde llega ese gigantesco monstruo gris que cubre con involuntaria perversidad todo el perímetro de la pequeña ciudad. Vuelve a enderezarse. Toma una postura más normal, podríamos decir. Introduce su mano dentro de uno de los bolsillos del traje y saca una bolsa. Dentro de ella, un arma. A simple vista parece una 9 mm. Por su antigüedad suponemos que seguramente sea de algún familiar cercano (creemos saber de algún abuelo suyo perteneciente a las fuerzas policiales, allá por la década del ‘30 o ‘40). La revisa detenidamente. Se la pasa de una mano a otra, haciéndola girar sutilmente. Juega un poco con ella. Quita el cartucho, contiene una sola bala dentro. Vuelve a ponerlo y quita el seguro con algo de dificultad, probablemente producto de la inexperiencia. Ahora, se encuentra de pie. Levanta la frente en alto y suelta sus brazos con suma naturalidad. W sonríe. Una sonrisa con la boca cerrada, sin lucir los dientes. Pero profunda, y también sarcástica. Si, estamos seguros de que sonríe con sarcasmo, aún sin poder fundamentar el por qué de nuestra afirmación. Suspira nuevamente. Éste último suspiro, más corto y seco que el anterior. Como en cámara lenta, eleva la mano que sostiene el revólver y lo coloca en su sien. Su sonrisa permanece intacta, inamovible. Más que nunca apreciamos la pureza de tal maravillosa mueca. Pensamos que quizás vuelva esa extraña parálisis, pero no. Después de unos cuantos segundos (de esos similares a años) y como si fuese parte intrínseca del acto más rutinario y natural del mundo, su dedo índice aprieta sin miedo el gatillo. El disparo congeló el ambiente. El ruido de la explosión fue padre de todos los otros ruidos, que se hicieron minúsculos, ínfimos, al borde de convertirse en triste silencio.
El joven Señor W ahora yace en el suelo de la rotonda. Desde su cabeza, va expandiéndose un espeso charco de aceite negro. Cientos y cientos de tuercas, engranajes, tornillos, cilindros, resortes y demás elementos metálicos salieron disparados de su cráneo, dispersándose a su alrededor. A un costado, no muy lejos de su cuerpo, un aparato rectangular con una aparente función de reloj/cronómetro que marca con grandes números rojos una cantidad de horas, minutos y segundos que van consumándose. Aunque lentamente va muriendo su luz.
Pese a lo acontecido, poco demoró en retornar aquel clima de bocinas chirriantes, hombres martillando, y gente chocándose mutuamente en las veredas, como si todo hubiese sido invisible a los ojos de la masa urbana circundante. Uno de los jóvenes del taller mecánico de enfrente, se acerca al cuerpo del Señor W. Examina detenida pero rápidamente el suelo, y eficazmente selecciona una serie de elementos que probablemente le fuesen útiles para su trabajo. Hacia un costado, en el banco más próximo al de W, se encontraban sentadas dos ancianas. Habían presenciado de comienzo a fin el acontecimiento, sin que una sola palabra emane de sus arrugadas bocas. Una de ellas, quitando la vista del cuerpo y mirando hacia su compañera, rompe el silencio y, algo indignada, le comenta:
-¡Ja, tan joven y ya se cansó de trabajar!

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