Tarde
gris. No sabemos si más, menos o igual de grisácea que tantas otras tardes
pero, al fin y al cabo, está repleta de nubes. Nos encontramos en la ciudad de
Prisas. Más precisamente en la pequeña plaza Martin J. Brown (ubicada en la
zona céntrica de la metrópolis), donde unos cuantos árboles, algunos bancos y
hamacas, y unos niños jugando con una pelota tratan humildemente de
enriquecerla visualmente. A sus alrededores, un estudio jurídico de aparente
prestigio, un viejo y pequeño taller mecánico y un kiosco en una de las
esquinas (donde un par de niñas deciden qué golosina pedirle a su madre que les
compre)
Bien,
ahora concentrémonos en la llegada del joven Señor W. Si, digámosle W. El Señor W viste un impecable traje negro Saint
Laurent, camisa blanca por debajo, pantalones de seda también negros y zapatos
Charles Jourdan particularmente brillosos, quizás hasta recién lustrados. Toda
su vestimenta sienta de manera perfecta con su esbelta figura. Camina cabizbajo,
hasta que su emergente necesidad de encontrar asiento lo incita a levantar la
mirada en busca de alguno en el que pueda descansar su cuerpo. Ve uno libre dentro
de la rotonda frente al monumento. Se acerca y toma asiento. -… ¡Porque no hay, ni jamás habrá, poder
alguno que pueda quebrantar los muros de la voz, la memoria y la voluntad
activa de un pueblo! - figura inscripto en una placa debajo de la estatua
del homenajeado, con una letra algo desgastada sea por la vejez o, quizás por
el mal cuidado. No lo sabemos, el motivo es tan incierto como prescindible para
nosotros. El microclima auditivo, hostil: bocinas de automóviles formando disonantes
orquestas, gritos e insultos entre conductores, ruidos de zapatos y tacos de
personas corriendo, chocándose entre sí para llegar a tomar sus colectivos, ruido
de palas, martillos y caños de obras de construcción aledañas. Ambiente poco
deseable para cualquier oído (y menos que menos para aquellos sensibles). Pero
no parece importarle a W. Su rostro es la nada misma. No hay expresiones, tampoco
parpadeos. No gesticula, ¡no mueve ni un solo músculo! Parece como si en su cuerpo
tuviese un botón de -piloto automático-
y éste hubiese sido oprimido. Simplemente está allí, sentado, con los pies
rectos y las palmas de sus manos apoyadas sobre sus muslos, mirando fijamente
hacia delante. Aunque, ¿qué observa? ¿Acaso por lo menos piensa en algo? ¿Respirará?
¿Será algo de todos los días? ¿O será la primera vez que se encuentra en este
estado? ¿Estará enfermo? ¿Estará esperando algo? No lo sabemos. Y es en el
momento en el que buscamos alguna explicación que fundamente tal curioso estado
de petrificación cuando notamos un leve temblor en sus manos. Y como si su
corazón se hubiese acordado de dirigir nuevamente el tránsito sanguíneo, W
vuelve a moverse lentamente. Parpadea unas cuantas veces, para luego estirarse,
levantar la cabeza y exhalar un suave pero largo suspiro, mientras se deja caer
en el banco. Permanece así unos cuantos minutos. Observa el cielo. Mira todos
sus rincones, todos sus puntos, como queriendo saber hasta dónde llega ese gigantesco
monstruo gris que cubre con involuntaria perversidad todo el perímetro de la pequeña
ciudad. Vuelve a enderezarse. Toma una postura más normal, podríamos decir.
Introduce su mano dentro de uno de los bolsillos del traje y saca una bolsa.
Dentro de ella, un arma. A simple vista parece una 9 mm . Por su antigüedad
suponemos que seguramente sea de algún familiar cercano (creemos saber de algún
abuelo suyo perteneciente a las fuerzas policiales, allá por la década del ‘30
o ‘40). La revisa detenidamente. Se la pasa de una mano a otra, haciéndola
girar sutilmente. Juega un poco con ella. Quita el cartucho, contiene una sola
bala dentro. Vuelve a ponerlo y quita el seguro con algo de dificultad,
probablemente producto de la inexperiencia. Ahora, se encuentra de pie. Levanta
la frente en alto y suelta sus brazos con suma naturalidad. W sonríe. Una
sonrisa con la boca cerrada, sin lucir los dientes. Pero profunda, y también
sarcástica. Si, estamos seguros de que sonríe con sarcasmo, aún sin poder
fundamentar el por qué de nuestra afirmación. Suspira nuevamente. Éste último
suspiro, más corto y seco que el anterior. Como en cámara lenta, eleva la mano
que sostiene el revólver y lo coloca en su sien. Su sonrisa permanece intacta,
inamovible. Más que nunca apreciamos la pureza de tal maravillosa mueca. Pensamos
que quizás vuelva esa extraña parálisis, pero no. Después de unos cuantos
segundos (de esos similares a años) y como si fuese parte intrínseca del acto
más rutinario y natural del mundo, su dedo índice aprieta sin miedo el gatillo.
El disparo congeló el ambiente. El ruido de la explosión fue padre de todos los
otros ruidos, que se hicieron minúsculos, ínfimos, al borde de convertirse en
triste silencio.
El joven
Señor W ahora yace en el suelo de la rotonda. Desde su cabeza, va expandiéndose
un espeso charco de aceite negro. Cientos y cientos de tuercas, engranajes,
tornillos, cilindros, resortes y demás elementos metálicos salieron disparados
de su cráneo, dispersándose a su alrededor. A un costado, no muy lejos de su
cuerpo, un aparato rectangular con una aparente función de reloj/cronómetro que
marca con grandes números rojos una cantidad de horas, minutos y segundos que
van consumándose. Aunque lentamente va muriendo su luz.
Pese a
lo acontecido, poco demoró en retornar aquel clima de bocinas chirriantes,
hombres martillando, y gente chocándose mutuamente en las veredas, como si todo
hubiese sido invisible a los ojos de la masa urbana circundante. Uno de los
jóvenes del taller mecánico de enfrente, se acerca al cuerpo del Señor W.
Examina detenida pero rápidamente el suelo, y eficazmente selecciona una serie
de elementos que probablemente le fuesen útiles para su trabajo. Hacia un
costado, en el banco más próximo al de W, se encontraban sentadas dos ancianas.
Habían presenciado de comienzo a fin el acontecimiento, sin que una sola
palabra emane de sus arrugadas bocas. Una de ellas, quitando la vista del
cuerpo y mirando hacia su compañera, rompe el silencio y, algo indignada, le
comenta:
-¡Ja, tan
joven y ya se cansó de trabajar!
No hay comentarios:
Publicar un comentario