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Se encienden las luces del baño, y Juan entra al
mismo. Su cara está bañada en sudor, sobre todo su frente. Todos sus gestos y
matices corporales muestran notorio cansancio y desgaste físico: movimientos
lentos y toscos, respiración agitada, resoplidos constantes. Probablemente
vuelva de correr, como creo suele hacer varias veces a la semana. Se acerca al
lavabo, vierte un poco de jabón líquido en una de sus manos y comienza a
enjuagarlas. Repite la acción para lavar su rostro. Con la torpeza que lo
caracteriza, derrama gran cantidad de agua sobre el pecho de su buzo y también
sobre el suelo. Se seca rápidamente con la toalla, abre la canilla de la ducha
y se retira.
De todos los espejos de la casa, siempre fue éste
mi preferido. Cubre casi la totalidad de una de las paredes del baño, por lo
cual, mi vista de la habitación es amplia, completa. A excepción de la ducha;
es lo único que no está al alcance de mis ojos. Al parecer, noté, pocas veces se baña con agua caliente. No he
visto ni la más mínima partícula de vapor en sus momentos de aseo. O por lo
menos no lo recuerdo.
Juan vuelve a ingresar al baño ya sin el buzo
puesto. Producto de la transpiración, tiene su remera casi totalmente adherida
al cuerpo. Con ansiedad, comienza a desvestirse en el mismo orden habitual;
primero el calzado, luego las medias, el pantalón, los calzoncillos y finalmente
la musculosa. Ahora, inicia la más que breve caminata hacia la ducha. El hecho
es que ésta jamás se completa. Tras dar el primer paso, Juan resbala y cae al
suelo. Golpea su cadera contra el suelo y luego, con una mínima diferencia de
segundos entre golpe y golpe, su pómulo izquierdo contra uno de los bordes del
inodoro. El grito de dolor casi corta en
mil pedazos el aire, si es que no cortó alguna que otra cosa. Automáticamente se disparan de su boca insultos, injurias de todo tipo y forma.
Con dolor, trata lentamente de recomponerse. Desde
el suelo, rota su cabeza hacia el espejo. Y desde ese instante, su cara es
títere del pánico. La palidez de su piel,
como si en su cuerpo ya no hubiese rastro alguno de sangre. Y sus ojos, ¡sus
ojos!, petrificados y abiertos más allá de cualquier grado posible de apertura
ocular. Imposible no sentir que su mirada tajea violentamente el cristal. –Debe estar muy sorprendido por el moretón en
su pómulo izquierdo- pienso (ingenuamente). Y he aquí, donde doy cuenta de cuánto he
demorado en comprender la gravedad de lo ocurrido. No sólo de cuánto he
demorado, sino de precisamente qué es lo que está sucediendo. El conflicto
distancia de pasar por su gran moretón en la cara, o por su agudo dolor en la
cadera, ¡y menos que menos por el agua que ya casi empieza a desbordar de la
bañera! El problema es que yo no me caí.
La realidad me abofetea, me toma con sus brazos y sacude mi cuerpo “¡Imbécil,
estuviste todo el tiempo parado!” sé que me dice. Es que simplemente observé,
como con total y simple naturalidad. No reflejé sus movimientos, ni su caída, tampoco
ninguno de sus golpes. Ni siquiera sus insultos. ¡No cumplí con mi función! Violé todo mandamiento
existente al respecto. ¿Con qué atrevimiento puede alguien ahora presentarse y
sostener, defender, equilibrar la barrera entre lo vivo y lo no-vivo? ¿Con qué
desfachatez pueden irrumpir en escena aquellas coronadas leyes de la física a
explicar lo acontecido?
Juan, en el suelo. Su idiota reflejo en el espejo,
de pie. Resulta imposible pensar por qué lo hice. Y es que cómo pensarlo cuando
pánico también toma control de mi cuerpo. El aire se sobrecarga de tensión (sensación
que jamás sentí en mi vida). Ingresa como intruso por mi nariz, dirigiéndose
rápidamente a cada rincón de mi cuerpo (por más escondido o diminuto que éste
sea). Un aire que, lejos de de mantenerse fiel a su estado gaseoso, pesa. Más
bien, inmoviliza. Impide todo tipo de conexión entre mis órganos, como si éstos
tuviesen fobia al movimiento. Ambos nos encontramos aterrados, atónitos. Nuestros
ojos se fijan mutuamente, casi de la misma manera diría. No porque yo esté reflejándolo
(como debería hacer), sino porque, de alguna forma, supongo que ambos sentimos
lo mismo.
Sin saber cómo, rompo con está desagradable
sensación, refriego mi cara con mis manos, tomo una gran bocanada de aire y la
expulso con fuerza. Le quito la vista de encima por un momento. Trato de ordenar
mínimamente las ideas y sensaciones que se agitan rebeldes en mí. Tarea nada
sencilla, por supuesto. Vuelvo a dirigirle la mirada. Instantáneamente, él despide
un grito fuerte y seco y echa su torso desnudo hacia atrás. Queda sentado con
las piernas abiertas, y su cuerpo pegado contra la pared, (temblando hasta por
los poros). Desde mi lado, también me siento en el suelo. Junto mis rodillas, las
rodeo y sostengo con firmeza con mis brazos. Vaya a saber uno qué fuerzas
juntaron mis labios para que, y probablemente sin consentimiento del cerebro,
larguen de forma torpe y tartamuda un simple:
-Ho-hola, Juan.
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