Milton vive solo en un departamento de tres
ambientes en el barrio de Caballito. Desde que salió del trabajo, ya caída la
noche, piensa únicamente en llegar rápido a su casa, servirse una buena copa de
vino, y escuchar a Spinetta en el equipo de música. Le picaron ganas especialmente de Spinetta y
los Socios del Desierto. Siempre le encantó un tema en particular de su primer álbum:
Jazmín.
No pasó ni un segundo que ni bien iniciada la
canción, ingresa al departamento una joven desconocida. La muchacha se aproxima
lenta pero decididamente hacia Milton y lo abraza con peculiar suavidad.
Atónito y sin reacción al principio, y a pesar de no saber ni quién es ni cómo
entró, deja llevarse por la situación y, con algo de vergüenza, la rodea
también con sus brazos. El lento ritmo de la melodía acompaña tan tiernamente
la situación que el abrazo comienza a mecerse casi por si sólo. Milton examina
delicadamente con la mirada el desconocido rostro que tiene ante sus ojos. Por
sobre otros rasgos, distingue una leve cicatriz por debajo de su ojo izquierdo.
Quizás, la imperfección más hermosa que jamás haya visto. Ella ahora apoya su
cabeza en su hombro y le susurra el estribillo al oído (acompaña con unos
mimitos en la espalda). Su voz y la del Flaco se entremezclan en un vaivén
sonoro, a punto tal que cuesta distinguir una voz de la otra. ¡Y qué fácil fue
para él amoldarse en el abrigo de ese suave estrujón! Es que ese abrazo lo dio
mil veces. Y esas caricias las recibió otras mil veces. Y esos cabellos lacios
y castaños los sintió sobre su pecho otras mil veces también. O por lo menos
eso siente, que al fin y al cabo, es lo que importa.
Finalizada la canción, la desconocida muchacha lo
suelta inmediatamente. Lejos de hacerlo bruscamente, simplemente retira sus
brazos hacia su cuerpo y toma unos centímetros de distancia. Milton apaga la
música. La escena duró lo que la melodía duró. El silencio es extraño, pero
nada tenso. Con la misma delicadeza que caracterizó el abrazo que ambos se
dieron, ella besa la frente de Milton, da media vuelta y se retira por la
puerta de entrada. No hubo, ni para él ni para la muchacha, necesidad de
diálogo alguno. Pero Milton hubiese deseado que la canción durase diez,
veinticinco, o hasta cien minutos más. Se dio pena a sí mismo pensando ingenuamente
en volver a reproducir la canción para ver si regresaba. Es que ¿qué importaba
saber cómo entró a su casa, o por qué vino? ¿Qué importaba saber si tenía una
copia de su llave o el don de atravesar puertas? ¿Qué importaba saber si él
estaba loco y sumergido en la incoherencia, o si la lunática que abraza
desconocidos era la joven? ¿Qué importaba saber si ella era real, o un invento
producto del alcohol? ¿Y qué importaba saber si Jazmín era la canción o era ella, o ninguna de las dos? A Milton le
importa un carajo. Le importa un carajo porque está sólo. Y no puede
encontrarle sabor ni al vino de doscientos cincuenta pesos que se está tomando.
Ni al vino, ni a nada. Y es que comprendió, más que nunca antes, que caído de un amor, nunca encontrarás luces
donde mirar, ni piel donde morir.