Rondan
las 15:00 horas cuando el joven de camisa a cuadros ingresa al tren del Subte
B, estación Carlos Gardel. Toma asiento. De su lado izquierdo, un hombre calvo
de traje gris con una excesiva y
estrepitosa concentración en su celular. Del derecho, un niño de no más de 5
años que pareciera no conocer ninguna otra estrofa de la canción que canta reiteradas
veces. Frente a él, sentada desde hace rato, una joven de auriculares Sony y
anteojos grandes, negros y cuadrados. Escucha atentamente You Don`t Know Me de Ray Charles, moviendo tiernamente su dedo
anular sobre su muslo al compás de la canción. El volumen, lo suficientemente
alto como para abstraerse de todos los sonidos a su alrededor.
Ella piensa
en sus problemas para dormir, en cuánto le gustaría un licuado de banana y
durazno (con mucho hielo), en la hipocresía del sistema de salud regido (en
parte) por obras sociales, en la incapacidad para escuchar a otro que
nuevamente demostró su hermana esta mañana en el desayuno, y en la urgente
necesidad de comprar un cuadro -o algo parecido- para las aburridas paredes de
su cuarto. Él, en el desagradable autoritarismo que siempre tuvo y conserva su
madre, en las profundas ganas de asesinar al niño a su costado, en lo cómico
que le resulta ver las muecas de las personas cuando el sol impacta de frente
en sus caras, y en lo horrible, realmente horrible, que es el perro de su
vecino Hugo. Casi de reojo, y algo disimulado, se miran mutuamente. Un cruce de
miradas opaco, fugaz. Solo alguien poseedor de inhumanas capacidades de
observación pudo haberlo notado. “Estación Pueyrredón, combinación con Línea H”, se oye por el
altavoz. El joven de camisa a cuadros, segundos después al anuncio, se levanta,
le dirige una sonrisa a la muchacha, y baja del tren. Sonrisa sencilla (pero
honesta), no costó más que un par de leves y ténues movimientos de sus músculos
faciales. La misma no es devuelta. Ella, ahora observa el suelo sin mirarlo
realmente. Claro está -o por lo menos parece estarlo- que éste no es más que
una excusa para fijar la vista y ordenar alguna que otra idea. La joven de
auriculares Sony y anteojos grandes, negros y cuadrados ahora sí sonríe, un
poquito al menos. Levanta la mirada, desprende su cuerpo del asiento y baja del subte en la estación siguiente,
Pasteur. You Don`t Know me, de Ray
Charles, ya había dejado de sonar.
Hermoso
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