martes, 19 de agosto de 2014

De Gardel a Pasteur

Rondan las 15:00 horas cuando el joven de camisa a cuadros ingresa al tren del Subte B, estación Carlos Gardel. Toma asiento. De su lado izquierdo, un hombre calvo de traje gris con una excesiva  y estrepitosa concentración en su celular. Del derecho, un niño de no más de 5 años que pareciera no conocer ninguna otra estrofa de la canción que canta reiteradas veces. Frente a él, sentada desde hace rato, una joven de auriculares Sony y anteojos grandes, negros y cuadrados. Escucha atentamente You Don`t Know Me de Ray Charles, moviendo tiernamente su dedo anular sobre su muslo al compás de la canción. El volumen, lo suficientemente alto como para abstraerse de todos los sonidos a su alrededor.

Ella piensa en sus problemas para dormir, en cuánto le gustaría un licuado de banana y durazno (con mucho hielo), en la hipocresía del sistema de salud regido (en parte) por obras sociales, en la incapacidad para escuchar a otro que nuevamente demostró su hermana esta mañana en el desayuno, y en la urgente necesidad de comprar un cuadro -o algo parecido- para las aburridas paredes de su cuarto. Él, en el desagradable autoritarismo que siempre tuvo y conserva su madre, en las profundas ganas de asesinar al niño a su costado, en lo cómico que le resulta ver las muecas de las personas cuando el sol impacta de frente en sus caras, y en lo horrible, realmente horrible, que es el perro de su vecino Hugo. Casi de reojo, y algo disimulado, se miran mutuamente. Un cruce de miradas opaco, fugaz. Solo alguien poseedor de inhumanas capacidades de observación pudo haberlo notado.  “Estación Pueyrredón, combinación con Línea H”, se oye por el altavoz. El joven de camisa a cuadros, segundos después al anuncio, se levanta, le dirige una sonrisa a la muchacha, y baja del tren. Sonrisa sencilla (pero honesta), no costó más que un par de leves y ténues movimientos de sus músculos faciales. La misma no es devuelta. Ella, ahora observa el suelo sin mirarlo realmente. Claro está -o por lo menos parece estarlo- que éste no es más que una excusa para fijar la vista y ordenar alguna que otra idea. La joven de auriculares Sony y anteojos grandes, negros y cuadrados ahora sí sonríe, un poquito al menos. Levanta la mirada, desprende su cuerpo del asiento y  baja del subte en la estación siguiente, Pasteur. You Don`t Know me, de Ray Charles, ya había dejado de sonar.

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