domingo, 1 de febrero de 2015

Civilización es barbarie

Camino por la Avenida 9 de Julio, transpirado, con apuro hecho desgastante malhumor, cuando, y en un acto carente de vacilaciones, mi andar es interpelado por un extrañísimo sujeto (paréntesis: el empleo de la denominación “sujeto” podría ser, ciertamente, fruto de mi propia ignorancia intelectual). De rasgos violentos y oscura exterioridad, se coloca frente a mí y comienza a entablar una “comunicación” en un lenguaje prepotente y veloz, pero, sobre todo, incomprensible. La sobrenaturalidad de la situación no puede más que generarme súbitos sentimientos de temor y desconcierto (ambos, absolutos).
Trato de alguna manera de retomar mi caminata hacia la empresa, lógicamente a un ritmo más (mucho más) ligero al anterior. La criatura insiste en su in-entendible cometido. Sigue mis pasos uno tras otro, mientras continúa dirigiéndose hacia mi persona a través de su anárquica e infrahumana lengua (la cual, habrán percibido, he de no comprender todavía). Casi gritando producto de los nervios, le digo que no logro entenderlo. Luego, le sugiero -por no decir que le ruego- que me deje en paz. Pienso en correr. Pienso en clamar por auxilio. El miedo a una reacción adversa me convence momentáneamente de no optar por esas alternativas.
Van ya, casi cuadra y media de incesante acoso, cuando mi desesperación y mi temor se funden en desesperación e ira. Quiero asesinarlo. Quiero que realmente muera. Acaso qué importa su desaparición física, ¡si quizás ni siquiera es de este planeta! ¡Si ni siquiera sé qué o quién es! No tolero, ni pienso seguir tolerando su maldita y agobiante presencia. Y en la vorágine de ésta rabia criminal, empujo al monstruo al suelo, y descargo contra “él” patadas; pero sobre todo insultos: hijo de puta, bicho de mierda, sorete, lacra maloliente, no puedo detenerme. El cúmulo de agravios verbales no tiene ni pausa ni tampoco fin. Siento que lo odié no menos que toda mi vida. Que acaso toda esta furia enjaulada aguardaba en ansiedad por su liberación, su destierro, su ebullición ilimitada, su sin-fronteras.
Pero rápidamente, el engendro logra levantarse, para luego huir corriendo. En su retirada me escupe (si, escupir es acaso el verbo más atinado para referir a su lingüística) nuevamente palabras y oraciones cuyo significado yerro en captar. La tortura ha finalizado. Quién o, mejor, qué era esa cosa ya no me importa. Y en cuanto a mi reacción, ni en vergüenza ni en arrepentimientos me contraigo. Para nada en absoluto. Era necesario defender mis libertades, mis derechos.
Me llama la atención, por cierto, la nula intervención de otros espectadores en la avenida que, con mayor o menor detenimiento, supongo habrán observado la más que extraña escena.
Exaltado, aunque ya más sereno, emprendo nuevamente el trayecto restante  hacia mi trabajo. Casi llegando a la esquina, percibo un humilde puesto de garrapiñadas. Su único empleado (y probablemente el dueño del puesto) me ensarta una recta y casi hiriente mirada (quizás ya la mantenía hace rato. Naturalmente, eso no puedo saberlo) Al pasar por su costado, el hombre se dirige hacia mí, y en un tono más que elevado, sentencia:

-Se llama Walter, y sólo te estaba pidiendo una moneda, imbécil.

No hay comentarios:

Publicar un comentario